Déjanos salir, Alemania.

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Se llama Mikalis y vive en Grecia.

No en la Grecia Clásica, sino en la de ahora. En la Grecia de las protestas en las calles. En la Grecia de la Troika. En la de los jubilados que se suicidan dejando cartas acusatorias a las puertas del Parlamento. Nació en un país que ahora ve fustigado por la tiranía de los mercados, de las primas de interés y de los cárteles de inversión. Un país maltratado por un gobierno de tecnócratas del ámbito empresarial, vapuleado por una tasa de paro cercana al 27% y por la escalofriante realidad económica que viven diariamente sus ciudadanos, una cuarta parte de los cuales ya se encuentra por debajo el umbral de la pobreza.

Se llama Mikalis y sabe que su país no siempre fue así. Que hubo un tiempo en el que le engañaron, en que le prometieron que Grecia sería el baluarte de ese sueño llamado Europa. Que se convertirían en el adalid de la democracia, palabra inventada por los suyos miles de años atrás. Se les convenció de que formar parte de la Unión Europea sólo traería beneficios. Que en la balanza pesaban más las ayudas mastodónticas y la eliminación de trabas al movimiento de capital y personas que el ceder competencias a los organismos comunitarios. Que, a cambio de perder su moneda, su autonomía y su libertad en materia exterior, no volverían a caminar solos nunca más.

Se llama Mikalis y ahora entiende cómo funciona el mundo. Comprende, ahora sí, que lo que el capitalismo puede darte, también te lo puede quitar. Y que lo que el capitalismo salvaje puede prestarte, diez veces más te lo puede desahuciar. Entiende también que en este mundo criminalmente liberalizado, para que unos ganen otros deben perder, a veces, quizás siempre, más de lo que es justo. Entiende que su país sufre ahora por los excesos que unos pocos cometieron, otros provocaron, y muchos ignoraron. Y es capaz de soportarlo. Es capaz de soportar que la Troika, enviada desde Berlín, les pidiese que aumentasen la productividad de su trabajo mediante la estricta reducción de sus salarios. Es capaz de convivir con el férreo cinturón de los recortes en gastos sociales, educación o sanidad. Incluso, por el bien de su nación, está dispuesto a soportar que desde Alemania le pidiesen trabajar también los sábados. Pero si lo ha soportado hasta ahora ha sido por la más pura y limpia de las virtudes humanas. Esa que ahora le han quitado.

A Mikalis le han arrebatado la esperanza, lo único que le quedaba. Lo único que le ayudaba a seguir hacia adelante. Sin esperanza ya no puede continuar. Y no porque le cueste trabajo sudar, porque Mikalis ya se acostumbró a sudar por trabajo. Tampoco porque cada hora de trabajo tan pobremente remunerado le recuerde a los tiempos de la Dictadura de los años 60 y 70, ni porque los ancianos y ancianas de su país tengan que cargar con el porvenir de familias enteras con sus ya de por sí menguadas pensiones.

Lo que de verdad le impide continuar es saber que, aunque ellos ya han cumplido, nada cambia. Que, a pesar de que para sostener el déficit de su Estado, su gobierno tuvo que rendirse a las drásticas medidas que le fueron impuestas, la recompensa no llega. Que, a pesar de las subidas de impuestos sufridas, de las reducciones de salarios y subvenciones y de las privaciones de derechos y políticas sociales todas ellas hechas en aras de recuperar la competitividad, tan transcendental para aquellos expertos, y de haberlo hecho a cualquier precio, sigue siendo más pobre que hace cinco años. Y eso que su país no ha sido él único. Mikalis sabe que Portugal, Irlanda o España también se arrojaron a la espiral de tener menos para producir más, aún a sabiendas de que eso siempre acaba en producir más para tener menos. Sabe que los países de la periferia de Europa ya han cumplido con lo que les fue ordenado. Que la segunda clase europea, aquella que tanto provecho iba a sacar del pacto social comunitario, ya ha vendido sus casas para darle pan a sus hijos. La austeridad ha sido dura, muy dura, pero ellos la aceptaron. Con mayor o menor resignación, ya la han sufrido.

Y sin embargo, para consternación de Mikalis, ahora que los periféricos han hecho todo lo imaginable, alguien se niega a recompensarles. Y quien se niega es el mismo que les dijo que tenían que recortar en gastos y les obligó a mantener unos niveles de déficit que atentaban contra el Estado del Bienestar. El mismo que les aseguró que si se privaban de libertades durante unos años, volverían a la senda tantas veces prometida. El autoproclamado buen samaritano que ahora pone palos en las ruedas. Y que lo hace apoyándose en una pureza ideológica extrema, la enésima de su historia, en esta ocasión respecto a la más que necesaria financiación de los Estados por parte del Banco Central Europeo. Resulta que ese organismo comunitario que es el BCE, que habría de servir los intereses de todos los Estados miembros, tiene las manos atadas con una cuerda germana que no le permitirá llevar a cabo la tan deseada, e incluso consensuada, compra de bonos soberanos porque el Tribunal Constitucional Alemán así lo ha dictado. A pesar de pedir esa inyección en arcas estatales la práctica totalidad de los países de la eurozona, Alemania ostenta el poder de facto de Europa.

Y eso es la muerte de la esperanza para Mikalis, y para otras decenas de millones de personas en el resto del Viejo Continente. Porque, después de remar incansablemente durante tanto tiempo, cuando tan cercana está la orilla, alguien le empuja hacia mar abierto de nuevo. Porque quien prometía pagarle le pagó con promesas. Porque quien le obligó a trabajar más ahora pretende que los suyos trabajen menos. Porque, por fin se ha dado cuenta, ese sueño que era Europa lo era sólo para unos pocos.

Se llama Mikalis y vive en Grecia, y en la fachada de una fábrica abandonada, en la oscuridad de la noche, escribe: Déjanos salir, Alemania.

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