El papel del Banco Central Europeo

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Siete años. Siete años en el Tibet. Siete años de mala suerte. La Guerra de los Siete Años. La crisis.

Llevamos siete años de crisis, que no se dice pronto. Y ahora, siete pecados capitales después, empezamos a hacernos las preguntas correctas. Esas que antes no nos hacíamos porque no teníamos ni idea. Porque, después de la que ha caído, Euribor, deflación o déficit ya no nos suena a chino. Preguntas de esas las hay a docenas, y a docenas de miles también, pero hoy nos centraremos en una, por eso de ir paso a paso. Y porque, a tenor de los últimos tira y afloja del presidente del BCE con el presidente del Bundesbank, parece venir más a cuento que nunca.

¿Para qué sirve el Banco Central Europeo? ¿Por qué, disponiendo de todos los medios de que dispone, es incapaz de sacarnos de la crisis? ¿Por qué parece no dar con la tecla a pesar de haber sido revestido de tantos poderes legales, institucionales y, sobre todo, legítimos? ¿Por qué un problema económico global no se resuelve a través de los mecanismos e instituciones que fueron creados para, precisamente, contrarrestar esa globalidad?

Vamos, ¿que por qué permitimos que los Bancos Centrales de la zona euro trasvasasen la mayor parte de sus potestades en un único Banco Central, si su rendimiento iba a ser el que ha demostrado?

La funcionalidad del Banco Central Europeo en época de crisis ha quedado una y otra vez en entredicho en los últimos años. Pregúntele a cualquier hombre de a pie quién manda en la política económica de Europa y le dirá que “la Merkel”. No un consenso de presidentes y primeros ministros de los países del continente, ni tampoco la Comisión Europea o el Parlamento Europeo. Ninguno le dirá tampoco que quien lo hace es el Banco Central Europeo. No lo hará, por mucho que nos hayan hecho creer que estos organismos nos son lobbys de anónimos soldados en corbata, que persiguen a Jason Bourne a balazos y a Paco el del Bar a infames subidas del Euribor. Esos que controlan el destino de millones de pobres almas, inocentes y descarriadas. “Olvídese”, le diría ese buen hombre, “Aquí quien manda es la Merkel”. Y no le falta razón.

Nuestro país no realizó reforma alguna de su Constitución durante diecinueve años. No hasta que, con nocturnidad y alevosía, tuvo que llevarla a cabo cuando “la Merkel”, que no el Banco Central Europeo, demandó que nuestro déficit público fuera por normativa casi cero. O sea, que pusiéramos por escrito que no nos permitíamos a nosotros mismos endeudarnos ni un solo euro más, ni siquiera para mantener unas políticas sociales que consintiesen un mínimo de dignidad ciudadana.

Tamaño ejercicio de poder, hay que entender, sólo está al alcance de unos pocos. Y nos referimos precisamente a esa pérfida llamada a Moncloa, a esa capacidad de obligar a un estado independiente a desempeñar el mayor de los masoquismos democráticos que pueda recordarse. El incidente habría tenido la impunidad de lo obligatorio, la falsa aureola de lo que es ineludible por la legitimidad del decreto, de haber sido ordenado desde alguno de esas instituciones que se crearon cuando pensábamos que los miembros de Europa remaríamos todos hacia la misma orilla. Pero no, no fue ninguna de estos organismos quién nos obligó a cambiar una Constitución que ni siquiera nosotros mismos parece que tenemos derecho a cambiar. No fue el Banco Central Europeo, ni mucho menos. El regalo vino de Berlín.

Pero, analicemos las funciones de este Banco Central. Indaguemos un poco en las herramientas de qué dispone, o de que debería disponer para estimular la creación de valor y el consiguiente aumento de la riqueza. Partiendo de la base que nos señaló Adam Smith de que la clave del bienestar social está en el crecimiento económico, y que éste se obtiene en mayor medida del movimiento del capital y de la concesión de crédito, parece lógico pensar que el organismo que preside Mario Draghi debería centrar sus esfuerzos en lograr ese movimiento, en remover arcas privadas y públicas, para que el capital se desentumezca y los billetes vuelvan a cambiar de mano con la rapidez que antes lo hacían. Ahora bien, ¿cómo puede conseguir eso una institución como el Banco Central Europeo? Pues no de tantas maneras como solemos pensar. Para analizarlas, expliquemos primero las herramientas de que dispondría, en teoría, un Banco Central cualquiera.

Evidentemente, la correcta fijación de los tipos de interés es una, teniendo en cuenta la pauta que establece que a menor tipo de interés, menos ganas tendrán bancos y particulares de dejar sus ahorros en depósito, puesto que el rendimiento que obtendrían haciéndolo sería tan bajo que apenas serviría para compensar la inflación. Así que, y dando por descontado un mínimo de capacidad intelectual, cualquier gobernador de cualquier Banco Central debería llevar a cabo esta fórmula, con mayores o menores matices pero con la rapidez y contundencia de un semáforo: ante una escalada de la inflación, se suben los tipos de interés para contrarrestarla, mientras que, en épocas de menor movimiento del capital, se bajan. Esta política monetaria constituye la primera y más elemental de las intervenciones necesarias para combatir cualquier período tanto de estancamiento o recesión económica, como de hiperinflación.

Pero claro, Europa no es un único estado, por mucho que algunos listillos de Bruselas se hayan empeñado en que lo viéramos así. Y eso significa que la inflación de Grecia no va a ser la misma que la de Alemania, al menos por el momento. Por lo tanto, la imposición por parte del Banco Central Europeo de un tipo de interés que atienda únicamente a las necesidades de un país resultará contraproducente para otros. Supongamos, por facilitar este discurrir, el último ejemplo, que el Banco Central Europeo, nada más comenzar la crisis, hubiese establecido un tipo de interés bajo, casi nulo, en aras de favorecer la economía helena. Para los bancos griegos, el acceso al capital para sufragar sus gastos y desacelerar su evidente descalabro económico habría resultado mucho más barato. El estado griego, además habría podido endeudarse en cantidades suficientes para sufragar la inversión en infraestructuras, investigación o políticas sociales, en definitiva, para poner dinero en circulación, y lo habría hecho con la seguridad de que al devolver dicha deuda, los intereses habrían sido muy bajos. Y sin embargo, el BCE no lo hizo. El tipo de interés de la zona euro se mantuvo en torno al 2% desde que comenzara la crisis, y no bajó del 1% hasta diciembre del 2011.

Vayamos con la segunda de las herramientas de que dispone en teoría, cualquier Banco Central: la alteración de la masa monetaria. La vía más elemental para realizarlo la constituye la emisión de moneda, potestad que históricamente han poseído los Bancos Centrales y que han utilizado en numerosas ocasiones, llegando incluso a abusar de ella en algunas ocasiones. Por poner el ejemplo más paradigmático, centrémonos en la Reserva Federal estadounidense. Cuando lo considera oportuno, a la Fed no le tiembla el pulso a la hora de inyectar billones de dólares al Estado, el cual respondería únicamente ante ella en términos de cuantía, fecha de devolución e intereses. Es decir, dado que la Reserva Federal trabaja como órgano adscrito al Estado, en cualquier momento la administración puede servirse de ella para disponer de ilimitadas cantidades de capital, sólo a expensas de la hiperinflación que pueda originarse en caso de que la oferta monetaria sobrepase a la demandada. Sin embargo, el caso europeo es bien distinto, ya que el BCE no dispone de la autoridad para imprimir billetes comunitarios, sino que, en lugar de eso, todo el dinero del que dispone el BCE surge de las aportaciones de cada uno de los estados miembros. Aportaciones como la del 11,9% de aval por parte del Banco Central Español, al 29,1% del Banco Central Alemán.

Por lo tanto, y dado que el BCE no dispone de la potestad para imprimir billetes, no posee una varita mágica para crear dinero como sí lo hace la Reserva Federal o el Banco Central de Japón, por poner dos ejemplos. No hay magia en Europa, sino hombro arrimado. Si queremos inyectar 10.000 millones de euros en la economía griega, tendremos que hacerlo con el dinero que nos han aportado los Bancos Centrales de cada uno de los Estados miembros. Y, evidentemente, dicha deuda, junto con sus intereses, tendrá que ser devuelta a cada uno de esos Estados en el porcentaje que les corresponde.

Pero siempre que resolvemos una cuestión acabamos dándonos de bruces con una nueva. ¿Por qué Alemania no quiere que el BCE preste dinero a los países periféricos de Europa? ¿Es tan grande el riesgo de impago? ¿Es que tienen la certeza absoluta de que los países que necesitan estos préstamos, cuya demanda interna y consumo se verían incrementados gracias a ellos, son totalmente incapaces de devolver? ¿O es que, directamente, no interesa salvarlos?

Esas son las preguntas correctas. Las que antes no nos hacíamos. Las que no quieren que nos hagamos. Las que, cuando nos hablaban de crecimiento económico para todos, jamás se nos habrían ocurrido

EDIT  Marzo 2015 || El Banco Central Europeo comprará deuda soberana a partir del 9 de Marzo

Parece ser que la corriente germana del Banco Central Europeo ha acabado dándose cuenta que de poco o nada le sirve una Europa mermada por la desinversión y la deflación. Desde el 9 de Marzo contaremos con nuestro particular Quantitative Easing a la europea. En España, en concreto, se comprarán hasta 5.300 millones de euros en bonos. Esperemos que esto suponga un traslado en el activo de la banca española, y que ésta se dedique a suministrar crédito a las familias con el dinero que le suministra el Estado, en lugar de destinarlo a la compra de activos de renta fija del propio país.

 

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