El petróleo, arma de destrucción masiva

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A tenor de lo que estamos viendo últimamente en los mercados, cabe preguntarse si George W. Bush no se equivocó cuando dijo que en Irak había armas de destrucción masiva. Quizás el ex-presidente no estaba tan errado y hablaba de petróleo. Las guerras, llevamos un tiempo escuchando, ya no se libran en un campo de batalla. Se libran con números, valores y ordenadores atómicos. Es la guerra económica, donde la principal materia prima no son las balas, sino el oro negro. Y, según apuntan todos los indicadores, estamos metidos de lleno en una.

En junio de este año, el barril de Brent, referente del precio del crudo para Europa, se encontraba en los 116 dólares. Ahora se encuentra en torno a los 60, y seguirá cayendo, dicen algunos especialistas, hasta los 40 dólares antes de estabilizarse. Lo que al principio no parecía más que el reflejo de un contexto económico global marcado por la deflación ha pasado a convertirse en una de las mayores preocupaciones de los mercados. La caída de los precios del petróleo ha dejado de ser una consecuencia de la debilidad económica para pasar a ser causa de la misma. Los vientos han dado la vuelta al globo y se han convertido en tempestades.

El desplome del oro negro, como siempre en eventos de esta magnitud, corresponde a un buen puñado de causas. La primera, importante dado el reverso político que suelen tener esta clase de movimientos es, quizás, el que más ha calado entre los analistas. Si bien es cierto que las conspiraciones nos gustan a todos, no deja de ser evidente también la dependencia por parte de Rusia de los ingresos derivados de sus exportaciones de gas y petróleo. El factor “desactivar a Putin” adquiere así bastante peso, y es legítimo. No hay que olvidar que la economía del gigante soviético, dadas las fuertes sanciones impuestas como castigo a su “aventura” ucraniana, tiene sometido su gasto público y financiero al resultado de su balanza comercial, repetimos, fuertemente subordinada a los precios del crudo.

Pero lo que realmente ha provocado esta hecatombe que amenaza con romper la baraja ha sido, como siempre, la entrada en escena de un jugador nuevo.

La llegada del fracking ha cambiado las reglas del juego del oro negro. Este método de extracción a través de la fracturación hidráulica ha supuesto tal revolución que Estados Unidos pasó de ser importador neto de gas y petróleo a ser el mayor productor de hidrocarburos del mundo en el mes de junio. Producción, no obstante, cara de extraer, pero que resultaba rentable dados los precios por encima de los 100 dólares que imperaban entonces.

¿Qué podían hacer los hasta entonces reyes del petróleo? Los miembros de la OPEP se reunieron en noviembre, y se esperaba que disminuyesen la producción para hacer que los precios volviesen a subir. La decisión, en cambio, fue justamente la contraria. Optaron por dejar que el precio continuase cayendo, sabiendo que los productores de mayor coste de extracción tendrían que retirarse del mercado. De paso se asestaba también la enésima puñalada a las renovables, convirtiendo su causa en más que utópica dada la debilidad económica y el nuevo escenario de precios de crudo bajos.

Cambiar margen de beneficios por cuota de mercado, esa es la estrategia que han decidido implementar algunos de los países productores. El coste de extracción de los países del Golfo Pérsico es sustancialmente menor, tanto, que para Arabia Saudí o Kuwait, resulta más rentable perder ingresos por cada barril de petróleo a cambio de arrebatarle cuota de mercado tanto a los norteamericanos como a los competidores low-cost como Rusia o Venezuela. Cuota de mercado que será debidamente explotada en el futuro, cuando la competencia haya sido expulsada del mapa y se pueda volver a subir precios.

Ahora bien, convendría tener en cuenta que pocas cosas amenazan tanto la estabilidad financiera como la contracción que ha sufrido el precio del petróleo. El impacto negativo de las primeras rondas de caídas fueron absorbidas por la fortaleza del dólar, que permitió a los países exportadores mantener sus márgenes a pesar de disminuir los precios. Cada barril de crudo valía menos, pero la moneda que lo compraba, valía más. El efecto divisa fue capaz de diluir el primer impacto, pero sólo podía soportar hasta cierto grado de temblores, no un derrumbe como el que hemos vivido. Y si bien algunos exportadores de petróleo llevan años acumulando superávit y están preparados para un escenario como éste, ése no es el caso de la mayoría. Los demás productores, especialmente Rusia, han financiado su deuda pública y privada con préstamos de Occidente, y lo hicieron con vistas a un precio del petróleo estimado en torno a los 100 dólares. Créditos que ya se concebían de dudoso cobro se están convirtiendo en virtualmente incobrables.

Vivimos en un mundo globalizado. Un varapalo de esta magnitud a Rusia, si bien puede resultar atractivo comercialmente para Arabia y provechoso en materia de política exterior para EE.UU., podría tener consecuencias nefastas. Hace apenas unas semanas, el rublo se depreciaba a pasos agigantados. Ni siquiera la subida de tipos de interés del 10% al 17% impidió que la moneda rusa cayera un 25% en un único día. El propio Banco Central Ruso pronostica ahora un horizonte nada alentador. De cumplirse sus cálculos, la Federación Rusa pasaría de crecer un 6,5% interanual a retroceder un 4%.

Por mucho que el presidente Vladimir Putin asegure que su país dispone de reservas de petróleo, el temor de los inversores se está materializando. La demanda de bonos rusos cae en picado y la bolsa de Moscú hace otro tanto. El temor a un impago de la deuda está ahí, latente. Tendrá que ser el propio Putin quién ponga freno a la escalada de pánico, o el miedo acabará materializándose en desastre. Claro que esa hecatombe no sólo afectaría a sus ciudadanos, sino también a Occidente y especialmente a Europa, a través de los billones de euros invertidos en deuda rusa, pública y privada.

La incertidumbre que se nos plantea, por lo tanto, es si el presidente ruso estaría dispuesto a salvar a los suyos o si, por el contrario, sería capaz de apostar el bienestar de sus propios ciudadanos a cambio de herir a sus enemigos. Por cada europeo o americano afectado habría diez rusos. Una proporción no tan inasumible para el frio corazón del Kremlin.

 

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