La burbuja que está por estallar

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Algún día, en un futuro no muy lejano, millones de alumnos y alumnas estudiarán la Gran Recesión en sus respectivas universidades (no la de los años 30, sino ésta en que andamos metidos). Estudiarán las causas que nos llevaron a ella, y les sorprenderá la negligencia con la que la permitimos aflorar. Algunos se llevarán las manos a la cabeza al examinar el nivel de desregulación económica que llegamos alcanzar. A otros quizás les fascine más nuestra indolencia a la hora de dejar crecer la burbuja inmobiliaria, mientras que a otros serán los altos precios de las materias primas energéticas lo que más les escandalice. Examinarán esta multitud de factores y llegarán a la misma conclusión que ya hemos llegado nosotros: que metimos la pata bien metida. Pero, por muy brillante que sean esos alumnos, habrá un detalle que les dejará desconcertados. Una pieza en el puzle que no serán capaces de encajar en ningún lado. Unos datos que incluso podrán llegar a parecerle incorrectos, anacrónicos.

A pesar de que los niveles de crecimiento alcanzados durante estos años han sido paupérrimos, los índices bursátiles han presentado un optimismo de lo más fascinante. El S&P500, el principal indicador del estado de salud de la bolsa norteamericana, ha pasado desde los 666 puntos en marzo de 2009 a los 2.100 con los que amenaza cerrar el año 2014. Y en el terruño ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. El Ibex-35 llegó a los 5.950 puntos en lo más agudo de la crisis y ahora asalta los 11.000. Los indicadores apuntan a que estamos en bonanza económica. “La crisis es historia”, que diría Rajoy. Pero entonces, ¿por qué la tasa de paro continúa en torno al 24%? ¿Por qué la pobreza infantil empeora y llega hasta el 36,3%? ¿Por qué se siguen sucediendo más de 500 desahucios cada día?

A los alumnos tampoco les cuadrará. Alguno levantará la mano y le dirá al profesor: “Los indicadores están equivocados”. Pero no, no es ése el caso aunque sea perfectamente lógico pensarlo. Los indicadores miden magnitudes, y eso es lo que están haciendo. Son esas magnitudes las que están erradas o, mejor dicho, mal fundamentadas. Una vez más el fantasma del pasado vuelve para atormentarnos, y esta vez ha entrado por la puerta de atrás, por donde nadie lo esperaba. Lo que señalan los indicadores no es la recuperación, lenta pero bien cimentada, que venimos deseando. Lo que nos muestran es la evidencia de sobrecompra que existe en los mercados y, por lo tanto, la presencia de una nueva burbuja, tan potencialmente peligrosa como cualquiera que hayamos vivido hasta ahora.

El alumno, sin embargo, no se lo creerá tan fácilmente. “Las burbujas especulativas se crean cuando el ahorro excedente es dirigido hacia un tipo de inversión, que se acaba convirtiendo en insostenible una vez queda saturado”, comentará. “No es posible que en un entorno de recesión haya habido un movimiento de capital tan considerable como para crear una nueva burbuja”. Y es cierto. Los escenarios de recesión se caracterizan por la inmovilidad del capital pero, ¿ha sido éste realmente nuestro caso? No. Porque, si bien el movimiento del capital ha sido mínimo, su volumen ha aumentado.

Hemos entrado en un entorno de mínimos históricos en los tipos de interés. Un entorno donde los principales organismos monetarios han vertido toneladas y toneladas de billetes sobre los bancos, con la esperanza de que algunas monedas llegasen hasta las familias. La Reserva Federal estadounidense terminó en noviembre con su plan de estímulos con un saldo de 4,5 billones de dólares en su pasivo. El Banco Central Europeo llevó a cabo dos rondas de préstamos a tipos de interés casi cero en diciembre de 2011 y febrero de 2012, y se prepara para llevar a cabo nuevas rondas, aunque al menos en éstas se exigirá a los bancos mayores garantías de que se utilizará para reincentivar el crédito. Sin duda alguna, Yanet Jellen y Mario Draghi, los presidentes de ambos organismos, han centrado sus esfuerzos en inundar el mercado de capital a base de imprimir moneda la una y prestar a tipos irrisorios el otro. El planteamiento tiene sentido. El crecimiento económico lo garantiza el movimiento del capital a través de sus distintos agentes, y dado que esos agentes no estaban generando dicho movimiento, debieron pensar que la única manera de que lo generaran era dándoles más capital. Y por si se les ocurría quedarse el dinero para sí mismos, se les impuso normativas que les sancionaban si mantenían esa liquidez en sus balances.

Pero los bancos, y eso ya lo sabemos todos, no lo han prestado. ¿Y a dónde ha ido a parar ese dinero, entonces? A inflar la nueva burbuja en renta fija. Miles de millones prestados a tipos de interés despreciables en un contexto donde, dados los particulares infiernos que vivían los Estados, las rentabilidades que ofrecían los bonos públicos eran más altas que nunca. Pocos negocios podrían parecer más redondos: el Banco Central Europeo, constituido con las aportaciones de los Estados a los que engloba, te presta dinero a tipos de interés cercanos al 0,2%, y con él compras deuda de esos mismos Estados con rentabilidades del 2% al 3% en los casos de España e Italia, y directamente del 7% en el caso de Grecia. Un auténtico chollo.

¿Podemos culparles por comprar renta fija de manera irracional? Probablemente no. Al fin y al cabo, era la opción más segura. No podemos olvidar que los bonos tienen un valor intrínseco real. Una obligación ofrece a quien la compra un cupón periódico y le devuelve el principal a vencimiento, y lo hace con la garantía de que quien la emite no es cualquiera, sino todo un Estado o una corporación privada con historial de solvencia. El riesgo si lo comparamos con el que se incurre en la compra de acciones es infinitamente menor, salvo en contadas ocasiones (véase el caso de Grecia como ejemplo). Los mercados habían asumido riesgos excesivos en renta variable durante la orgía hipotecaria. Lo lógico era que ahora se decantaran, en aras de no volver a cometer los mismos errores, por los títulos de renta fija.

“La culpa es de los Bancos Centrales”, dirán algunos alumnos de nuestra universidad del futuro. Quizás. Desde luego, algo tendrían que haber aprendido de cómo se resolvió el último exceso de liquidez que anegó los mercados, allá por el año 2001 con la crisis de las punto.com, y cómo se saldó con la mayor compra de activos inmobiliarios que se recuerda. Tendrían que haber recordado que, en aquella época, también las casas y los bienes inmuebles parecían la apuesta más segura que podía encontrarse.

“La culpa es de los agentes financieros”, dice la otra parte de la clase. “Tendrían que haber destinado ese exceso de liquidez hacia la economía real, hacia los hogares y las pequeñas empresas”. Tal vez. Pero es difícil saber cuántos empresarios, cuyo objetivo es mantener su empresa a flote para dar trabajo a sus empleados y comida a sus propias familias, estarían dispuestos a correr el riesgo de prestar a los particulares teniendo la opción de invertirlo en los, bastante más seguros, bonos públicos y privados.

Desregulación. Ese viejo fantasma que viene de vez en cuando a atormentarnos. Las burbujas son la causa de las hecatombes que provocan cuando estallan, pero no dejan de ser consecuencia de desregulaciones anteriores. De haberse regulado las inyecciones de capital de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo para que realmente llegasen hasta la economía real, no se habría producido esta nueva burbuja en renta fija. De no haber habido intereses políticos de por medio, las decisiones se habrían tomado con más calma y rigor, y quizás las soluciones no habrían acabado siendo la causa de futuros problemas. El presidente del BCE, Mario Draghi, parece haberse dado cuenta de su error inicial y aboga ahora por un nuevo tipo de préstamos condicionados que, según el propio organismo, “reparen el mecanismo de transmisión monetaria para respaldar los préstamos a la economía real”.

Esperemos que no lleguen demasiado tarde. Sólo si la economía logra reactivarse a tiempo, será capaz de absorber la metralla de una burbuja en renta fija que estallará sí o sí. Hasta entonces, más vale que los tipos de interés sigan bajos. Y que cuando suban, la renta variable y la economía real estén preparadas para minimizar los daños.

Y qué Dios nos pille confesados.

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